A veces y en impulsos dispersos y desordenados, Madrid siente el deseo incontenible de regresar a sus orígenes. Y se distrae en jardines.

Son los lugares del Buen Retiro, que presentan en otoño el color fuego mortal de un inmerso majuelo.
Es el Prado de San Jerónimo que, junto a los cedros soberbios, está pidiendo a gritos silentes el ciprés abrazado de rosas.

Es la huerta de Antonio Pérez -donde trabajó de letradillo quien esto escribe-, rodeado de salones y de cuadras, guarda un recoleto jardín interior, con setos de arrayán, un magnolio enorme cuya flora alta huele a primavera alimonada y una fuentecilla de Benlliure, en que un efebo de mármol blanco llora o ríe un melancólico goteo de hermosas aguas sin función.

Y es la pradera del Santo. Y son los jardines, de tertulia y holganza, que tenían los comerciantes Puerta de Alcalá afuera, y en que los colorines picoteaban -casi con erotismo- las celindas níveas. Y es la «Ciudad Jardín». O los chalés de la Colonia de l Viso (en que nos hallamos). O la forzada elucubración de esas terrazas huerto, con maceteros de aralias y adelfas, que incorporó a la arquitectura Gutiérrez Soto «Pichichi», o tomándole en ello el relevo, Molezún…

A veces, y en atavismo anárquico, Madrid regresa a sus orígenes. Pero, ¿a qué orígenes?
¿Busca, tal vez, el «poblachón manchego» de que con nostalgias de sus Torres de Juan Abad (donde un cielo enjuto llora rocíos a fuerza de ternura) hablaba Quevedo? Puede que sí. Ese Madrid ya se aproxima al Madrid auténtico. Al Madrid que rima Lope de Vega que iba en lanzadera del huerto místico, «pues si a Dios cuidado he dado, ¿cómo no le tengo amor?, al huerto profano, «a la viña, viñadores, que sus frutos de amores son»; que dio una hija a la Iglesia, su Marcela, y otro fruto de sus entrañas, Antoñica Clara, al escándalo y a las vorágines de la pasión. Madrid, minúsculo huerto doméstico para grandes pasiones contradictorias.

Y aún más lejos añora -y busca- al Madrid primigenio: a lo que alguna vez solo consistió en tiendas casi nómadas a orillas del sempiterno Manzanares, el aprendiz de río que ha sobrevivido a Austrias y a Borbones, a judíos, moros y cristianos, a liberales y conservadores; venilla de agua que provoca algo tan eterno como el placer y la risa, «lavárame en el agua, muerta de risa, que el arena en los dedos me hace cosquillas».

[…]

De tiempo en tiempo, el Madrid de smog en aire velazqueño, la ciudad cosmopolita y moderadamente apresurada, enganchada en las filas de la CEE, se acuerda de su vocación placentera. Y cultiva los jardínes. Como lugar de retiro. Como lugar de confidencias. Como lugar de diálogos peripatéticos. Y de lecturas… Este, de la calle María de Molina, es uno de esos inequívocos jardines. Enmarañado, con «árboles de fruto y árboles de olor», como quien dice mitad monje, mitad soldado.

Y como las cosas no son si no se ven, si no se comentan, los dueños de este lugarillo tan madrileño han querido proyectar lucidez en su propio ajardinamiento (que es como condición natural de la cultura). Y han dicho a Eduardo Santos, que es un hombre con «alma colmenera», que musicaría el poeta, que vea el jardín para ellos y para quieres los visiten.

He aqui, plasmada en colorida tinta negra, la visión de Eduardo. Tan delicado como el más delicado pistillo de una caléndula. Tan vigoroso como la madera membruda de una encina. En adelante, quien vea a estos jardines verá, inexorablemente, el trazo de la mano de Eduardo, como recordando que «la naturaleza imita al arte» Porque le habrá convertido y condicionado para siempre el toque de la cultura.

Es para reflexionar esta reflexión gráfica sobre un lugar de Madrid con valor de ejemplaridad…

Santiago Arauz de Robles